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Reflexiones, consejos y recomendaciones para ejercer la profesión de consultor

La felicidad: ¿Un objetivo del modelo de trabajo?

Según el ponente, estamos delante de un nuevo “paradigma organizativo”, la solución para transformar “empresas sin alma” en entornos de trabajo motivadores, dinámicos y flexibles. Nos vamos hacia un modelo de trabajo muy flexible, con directivos y empleados enfocados en la colaboración mutua, construido sobre una base de interés compartido en que cada uno es consciente de su valor aportado. Con ello, conseguiremos despertar a las “personas adormecidas” en las empresas e instituciones, y llevarlas a contribuir mucho más y mejor, a realizar todo su potencial y a ser más felices. Elocuente y motivador, aunque un poco idealista.

En concreto, los directivos deben realizar encuestas de clima para comprender en profundidad la realidad de los empleados, y diseñar un proceso de cambio que de respuesta a las nuevas necesidades detectadas. Por su parte, los trabajadores deben ser más conscientes de su valor y flexibles en sus expectativas y exigencias. Deben tomar la iniciativa, teniendo en cuenta que son “empresarios” de su propio negocio personal, aunque dentro de la empresa. Como prestadores de servicios profesionales, estar preparados para cambiar a cada momento de actividad, de empresa y hasta de profesión (reinventándose).

La conclusión a la que parecía querer que llegáramos al final de la sesión, dirigida a un público de empresarios y directivos de las pequeñas y medianas empresas locales, era que la clave del éxito estaba en la transformación de un entorno laboral rígido, con jefes y subordinados, hacia un entorno más cercano al mercado, con clientes y proveedores internos. Las empresas convertidas en grandes redes de profesionales colaborando de forma motivada y aportando valor en aquello que mejor saben hacer. El nuevo modelo sería la única forma de asegurar la sostenibilidad del negocio en las primeras décadas del siglo XXI. Interesante.

Observando las primeras consecuencias de la globalización para el nivel de ocupación en algunos de los países más ricos del planeta, uno no puede evitar pensar que será muy difícil dar prioridad a las personas. A todas ellas, en todas las partes de la empresa, en las funciones comerciales, operativas y administrativas del negocio. Especialmente aquellas que no disponen de capital. Porque lamentablemente no hemos sido todavía capaces de incluir el capital intelectual (ni tampoco el capital humano) en el balance de las empresas, como un activo real. Una pena.

Las diversas iniciativas bien intencionadas en este sentido, como la “economía del bien común”, parecen no conseguir traspasar las fronteras del mundo académico. Ideas que generan esperanza, pero que no consiguen avanzar fuera del entorno protegido de las instituciones públicas, siendo promovidas por personas con empleo estable, protegido, sensibilizadas y dedicadas al ámbito social. Hay poco impacto de todo ello en la bolsa de valores, en la recaudación de impuestos y en el nivel de los presupuestos públicos.

Una cosa es cierta, nunca ha sido posible garantizar de forma general el empleo, fuera de las economías planificadas del experimento comunista típico del siglo XX. El modelo actual de economía de mercado no permite este tipo de intervención externa en la empresa privada, tan solo el ejercicio de presión e influencia. Los sindicatos también tienen un impacto cada día más limitado, y los reguladores no quieren arriesgarse a “inviabilizar” la competitividad de la empresa privada en su área de responsabilidad.

Así, dado que es muy difícil cambiar las cosas por el lado de las empresas, probamos por el lado de las personas. Y hablamos de más colaboración, del aumento de la flexibilidad laboral y del incentivo a la iniciativa emprendedora. Dado que no podemos garantizar el empleo en las empresas sólidas, con éxito actual en el mercado, invitamos a las personas a “inventar su trabajo”, a innovar, rompiendo las reglas del mercado, a lanzarse por su cuenta como autónomos, a probar la suerte sin miedo del peligro. Es una forma de tenerlas despiertas, y de crear por esta vía el entorno motivador, dinámico y flexible que buscamos. ¿Será este el nuevo “paradigma organizativo”?

No lo veo tan claro. Esta flexibilización total no me parece ser una “solución” general para el problema de la ocupación. Tampoco creo que representa un escenario muy atractivo para todos, durante toda su vida laboral. Y digo esto desde una posición claramente comprometida con el trabajo en proyectos y la oferta de servicios profesionales flexibles y temporales. En los programas de formación de consultores, defiendo siempre un modelo de trabajo que pone en valor el conocimiento del profesional en una actividad de carácter emprendedor, perfectamente en línea con el nivel de autonomía y flexibilidad mencionados anteriormente. Sin embargo, no considero que sea adecuado para todos los tipos de trabajo, ni extensible a todas las personas de la sociedad.

Entre otros motivos, por ejemplo, porque he aprendido muy temprano que no todos los trabajos pueden ser realmente motivadores. Y que es la necesidad económica que nos lleva a aceptar muchos trabajos que no hubiéramos elegido, o deseado. El desarrollo y el mantenimiento de la sociedad dependen de muchos puestos de trabajo así. Sin querer entrar en detalles ni justificar esta situación, entiendo que no será posible evitar que las empresas “sin alma” y las “personas adormecidas” sigan existiendo. Y la intervención del poder público seguirá siendo necesaria para evitar abusos y regular en cierta medida el entorno laboral en su área de influencia.

Por este motivo, creo que el nuevo “paradigma organizativo” será más complejo de lo que nos imaginamos. Y serán muchos “modelos” conviviendo en diferentes niveles de armonía. En cualquier caso, debemos seguir trabajando para desarrollar un entorno económico y laboral que nos permita a todos, independientemente del país en que vivimos, seguir adelante y vivir razonablemente bien en nuestras comunidades. Y, si posible, sin tener que condenar el planeta a su destrucción en el proceso. El cierto es que no podremos todos vivir de programar “apps”, ni pasar la mayor parte de nuestros días en un espacio de co-working de un centro urbano “smart”.

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